Murió Raúl Barboza, el embajador chamamecero en el mundo

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Por Facundo Sagardoy

La noticia sorprendió al mundo del chamamé en una mañana de agosto. Raúl Barboza, el acordeonista que llevó la música del Litoral argentino a los rincones más lejanos del planeta, murió en París, la ciudad que lo acogió desde 1987. Tenía 87 años y una vida entera dedicada al arte, la memoria y la identidad de un pueblo.
Nacido en Buenos Aires el 22 de junio de 1938, hijo de curuzucuateños, su destino estuvo marcado desde la cuna por la fuerza musical del chamamé. Apenas a los seis años abrazó el acordeón y lo hizo suyo con una destreza precoz que le valió el apodo de «Raulito el Mago». Desde entonces, la música fue su idioma y su pasaporte.
El camino del joven prodigio se llenó de escenarios, festivales y veladas inolvidables. El Anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, en Corrientes, conoció su música como quien recibe un viejo ritual. Allí se convirtió en animador de noches eternas donde el chamamé se fundía con el alma colectiva de los bailarines.
Con 50 años de edad decidió cruzar el océano y radicarse en París. Aquella ciudad, que había fascinado a tantos artistas latinoamericanos, lo recibió con curiosidad. Barboza no tardó en conquistarla. El chamamé, convertido en un idioma universal, comenzó a sonar en los teatros, en los discos y en los corazones europeos.
A lo largo de siete décadas de trayectoria, Barboza se consagró como el verdadero embajador chamamecero. Su obra no fue solo musical: fue cultural, identitaria y profundamente política en el mejor sentido. Llevó al mundo un género que durante años había sido visto como regional, demostrando que lo local puede volverse patrimonio universal.
Los escenarios lo vieron dialogar con artistas de múltiples tradiciones. Compartió momentos con Atahualpa Yupanqui, Astor Piazzolla, Mercedes Sosa, Jairo, Richard Galliano, Carlos García, Ramón Navarro, Cesaria Evora, Peter Gabriel, Juanjo Domínguez y Ariel Ramírez. Esa lista de nombres revela el alcance de su arte: un puente entre continentes, lenguajes y sensibilidades.
Su acordeón fue siempre más que un instrumento: fue la voz de un pueblo. Con él rescató la memoria guaranítica, la nostalgia del río, las raíces de los migrantes y la ternura de las fiestas populares. En sus melodías se escuchaban tanto los patios correntinos como los bulevares parisinos.
En 2024, la Universidad Nacional del Nordeste (Unne) lo distinguió con el título de doctor honoris causa. El reconocimiento fue un gesto de justicia: premiar a quien dedicó su vida a difundir el acervo musical del litoral argentino en el mundo. Ese acto académico simbolizó la gratitud de una región hacia su representante más universal.
Barboza recibió innumerables premios a lo largo de su carrera. Los Atahualpa lo honraron en tres ocasiones. El Premio Konex lo reconoció como una de las cinco figuras más importantes de la música popular argentina en su faceta instrumental.
La Sadaic le otorgó el Francisco Canaro por su labor en la difusión del chamamé en el exterior. El Clarín lo distinguió como mejor artista del año. Cada galardón fue apenas un reflejo de su obra inmensa.
Pero más allá de las distinciones, fueron sus creaciones las que construyeron su leyenda. Obras como «La tierra sin mal» (1994), «Dos orillas» (2007), «Chamamémusette» (2014) y «Pájaro chogüí» (2000, junto a Juanjo Domínguez) marcaron hitos en su camino. Cada una de ellas fue un puente entre territorios, una síntesis entre el litoral y el mundo.
Su obra «Chamamémusette» representa quizás el gesto más audaz: unir el chamamé con el musette francés, dialogar con la tradición europea del acordeón sin perder la raíz guaraní. Fue allí donde Barboza mostró que la música no reconoce fronteras, solo emociones compartidas.
El chamamé, que en su infancia parecía condenado a los márgenes de la gran industria cultural, se convirtió en protagonista gracias a su talento. Hoy, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, el género debe parte de ese reconocimiento al esfuerzo silencioso de artistas como Barboza.
El «Mago» nunca renegó de sus orígenes. Siempre recordó la sangre curuzucuateña que lo nutría, la voz de sus padres, los acordes de la infancia. Incluso en París, donde la vida lo llevó a establecerse, se reconocía como hombre del litoral, guardián de una tradición colectiva.
La noticia de su muerte estremeció tanto en Corrientes como en Francia. En el litoral argentino, donde cada acordeón parece resonar en su memoria, la ausencia se siente como un silencio inesperado. En París, donde fue vecino y maestro, la tristeza también se hizo música.
El Anfiteatro Cocomarola, ese templo chamamecero por excelencia, lo extrañará físicamente. Sin embargo, en cada festival, en cada encuentro popular, su acordeón seguirá arrancando sonidos invisibles, resonando como eco de su arte.
Raúl Barboza es una de esas figuras que trascienden la cronología. Su muerte señala un final biográfico, pero no una clausura artística. La música seguirá recorriendo caminos, multiplicándose en discos, en homenajes y en nuevas generaciones de músicos.
El chamamé, al que dedicó su vida, se expande como semilla en tierra fértil. Jóvenes intérpretes lo reconocen como maestro y beben de sus grabaciones como de un manantial inagotable. La tradición continúa, enriquecida por la huella que dejó.
La comunidad chamamecera mundial lo recuerda con gratitud. En Brasil, en Paraguay, en Japón, en Francia, en cada rincón donde su acordeón sonó, la noticia de su partida convoca a la memoria. Allí donde Barboza llevó su música, ahora se eleva un homenaje silencioso.
Raúl Barboza no fue solo un músico: fue un narrador de la memoria colectiva. En cada tema, en cada improvisación, relató la historia de un pueblo que resiste al olvido. Su obra es también un documento vivo de la cultura del litoral.
En el escenario, su figura transmitía serenidad y fuerza. No era un virtuoso que buscara el lucimiento vacío, sino un intérprete que hacía hablar al acordeón con respeto y hondura. Por eso, su música conmovía tanto a especialistas como a oyentes ocasionales.
El paso del tiempo no mermó su pasión. Hasta el final, continuó ofreciendo conciertos, grabando discos, participando en festivales. La vitalidad de su acordeón parecía desafiar la edad y la distancia.
Cada vez que regresaba a Corrientes, la provincia lo recibía como a un hijo pródigo. Sus presentaciones en el Cocomarola eran celebradas como un reencuentro entre la patria y su embajador. Allí, los bailarines se arremolinaban y las parejas dejaban que el chamamé los guiara.
Su radicación en París no lo alejó de su pueblo: lo acercó al mundo. Desde la capital francesa, tejió una red de amistades y colaboraciones que multiplicaron la visibilidad del chamamé. Fue un ciudadano del mundo con raíces guaraníticas.
La universalidad de su arte se explica por su autenticidad. Nunca traicionó la esencia del chamamé. Incluso en los contextos más sofisticados, mantuvo viva la cadencia, el pulso y el espíritu popular. Esa fidelidad fue su marca de grandeza.
El chamamé, como Barboza lo entendía, es comunidad, es abrazo colectivo, es música para celebrar y para llorar. Por eso, su legado trasciende la partitura: vive en los cuerpos que bailan y en los corazones que se emocionan.
Hoy, mientras se anuncia su muerte, también se reafirma su eternidad. Los grandes artistas no se extinguen: permanecen en la memoria compartida. Y Raúl Barboza ya pertenece a esa estirpe de creadores inmortales.
El acordeón, que lo acompañó desde los seis años, queda ahora como símbolo de su vida. Cada tecla, cada fuelle, cada sonido contiene la historia de un niño prodigio que se convirtió en embajador.
Su nombre quedará inscrito en la historia del chamamé junto a Tránsito Cocomarola, Isaco Abitbol y Mario Millán Medina. Juntos forman el panteón de los grandes del género, custodios de una tradición que no se detiene.
Corrientes, el Litoral y el mundo lo despiden con respeto y gratitud. Su partida deja un vacío, pero también un legado fértil. Allí donde haya un acordeón, un sapucay, un chamamé compartido, la memoria de Raúl Barboza seguirá latiendo.

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