Bad Bunny en Argentina: por qué es el nuevo dueño del mundo, una guía para padres desorientados en River

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Cuidao: si durante estos tres días sentís que Buenos Aires se convirtió en una sucursal de San Juan de Puerto Rico, tranquilo. No es el algoritmo. Es que el artista más escuchado del planeta acaba de aterrizar para presentarse en River Plate con sus tres shows. Olvidemos la discusión sobre si lo que hace es música, ruido o jerigonza.

Esa batalla ya la perdió hasta Donald Trump, que intentó usarlo de blanco y terminó dándose cuenta de que el boricua convoca más que cualquier mitin republicano de blancos.

Porque fue Ricky Martin el que le enseñó al mundo a contar en castellano -«¡1, 2, 3… María!»-, pero es Benito Martínez Ocasio el que “dio el pasito pa’ lante” y le avisó al mercado anglo que ya no hace falta cantar en inglés para que el mundo te ame. O al menos una parte del mundo: los números de América Latina e Iberoamérica alcanzan para récords según Spotify (a pesar de que Brasil aún no es terreno del puertorriqueño).

¿La prueba definitiva? La última edición de los Premios Grammy 2026, donde hizo historia al llevarse el galardón a Álbum del Año por su trabajo DeBÍ TiRAR MáS FOToS, consolidándose como el primer artista hispanohablante en ganar la categoría más importante de la industria musical global.

Y ni del entretiempo en el Super Bowl, el más visto en la historia de las finales del fútbol americano.

De Héctor Lavoe a Benito Martínez

Para los que crecieron escuchando la elegancia de Rubén Blades o los arreglos Willie Colón, asomarse a este universo requiere un ejercicio de honestidad.

No es que Bad Bunny sea la continuación exacta de la Fania -aquel Dream Team que revolucionó la música latina-, pero hay un cable invisible que los une.

Si el fenómeno de Buena Vista Social Club fue un rescate nostálgico de una Cuba congelada para el mercado extranjero, lo de Bad Bunny es la respuesta del Caribe moderno: identidad exportable en era digital.

Como explica el documental La Clave, el reggaetón es un hijo de la salsa puertorriqueña. La prueba es clara: el famoso «Quítate tú pa’ ponerme yo», que era el himno de las estrellas de la Fania en los ’70 para ver quién mandaba en el escenario, fue el mismo que usaron los reggaetoneros años después para reclamar su lugar. Mística de barrio. Tradición en tiempos de fibra óptica.

Al fin, Bad Bunny no es un capricho de pibes que no saben de música, sino un cambio de mando. Que se apoya en una discografía que, si uno se toma el trabajo de escuchar, muestra a un tipo que sabe mucho de música y no rinde cuentas a nadie (sólo las propias).

Una hoja de ruta a Bad Bunny

Para entender por qué Benito Martínez Ocasio no es un invento de oficina, o solamente de laboratorio discográfico hay que mirar de cerca cómo arma sus discos. La periodista Leila Cobo lo explica bien en su libro Decoding Despacito: An Oral History of Latin Music: “Bad Bunny no sólo cambió las reglas, sino que creó un tablero nuevo donde la vulnerabilidad y la extrañeza son sus mayores fortalezas”.

O sea: rompió el molde del «macho alfa» del reggaetón.Más que hacerse el invencible o el millonario, Bad Bunny es «el raro»: se pinta las uñas, sale de pollera y canta sobre la soledad cuando está en la cima.

Esa «extrañeza» fue su jugada; en vez de pedir permiso para entrar en la radio, hizo que el streaming se tuviera que acomodar a él. Para ver cómo fue que cambió el juego, vale la pena detenerse en algunos de sus discos.

El Último Tour del Mundo (2020): desvío rockero

En temas como «Yo visto así» o «Maldita pobreza», Benito deja de lado las máquinas para armar un sonido de banda más rockero. Hay guitarras eléctricas con distorsión y baterías acústicas que contrastan con la prolijidad habitual del trap. Es un disco con menos beat digital que le sirvió para copar los charts con un sonido más pesado.

Un verano sin ti (2022): Caribe real

Según AllMusic, el disco logra capturar de punta a punta ese «espíritu estacional»: el estado mental de las vacaciones donde de relax con la melancolía.

En Después de la playa, apaga la computadora y la pista electrónica para que entre ese vendaval de metales, los caños, a tocar un mambo tradicional. Ese es el sonido orgánico de los caños que escuchaba de chico en Puerto Rico, con «calol» verdadero.

Ojo a la experimental Andrea y al aire de batido brasileño en Yo no soy celoso. Eso sí: son 23 canciones; una maratón donde la repetición puede cansar si no estás en el clima de playa adecuado.

Nadie sabe lo que va a pasar mañana (2023): Lujo y sample francés

¿Reggaetón oscuro y literatura confesional y del yo? No tanto pero el hit Mónaco usa un sample de Hier Encore de Charles Aznavour, cruzando la chanson francesa con un beat de hip hop. Es la soledad del que está en la cima: no porque Benito se compare en voz, sino por ese espíritu de gran solista del siglo XX, a lo Sinatra post Ava Gardner o un Sandro en su torre de marfil.

Un Bad Bunny menos bailable, más dark. O, como él canta en Teléfono nuevo: “No soy Paulo Coelho”.

DeBÍ TiRAR MáS FOToS (2025): testamento de identidad y Grammy

El gran golpe. El que le valió el Grammy a Álbum del Año en 2026. El tema Baile Inolvidable es una pieza de salsa fantástica de seis minutos que ya considerada un clásico instantáneo. ¿Es este el Bad Bunny definitivo? ¿Un paso retro pero lleno de frescura? Por ahora, la industria se rindió a sus pies.

Ingeniería visual en River, nostalgia Beatle

El show en River, según lo que viene mostrando la gira, está armado de la siguiente manera:

La palmera: Benito se sube a una plataforma motorizada con forma de palmera que vuela sobre la marea de gente mediante un sistema de rieles y cables tensados. Le permite cantar temas como Un coco o La Jumpa a pocos metros de las plateas altas, anulando la distancia histórica del Monumental.

El efecto «azotea», la idea de cantar desde la palmera en el aire viene de una estética que Bad Bunny ya probó con Arcángel en el video de La Jumpa. En ese clip se subieron al techo de una estación de servicio en Puerto Rico para cantar mientras la multitud los rodeaba desde abajo.

Como Los Beatles en su famoso show en la terraza: romper el escenario tradicional para estar cerca de la gente.

Rompan todo: Bad Bunny y su corona latina

Dante Spinetta, obsesivo del sonido y la producción, lo dijo en una entrevista para Billboard: «Bad Bunny tiene una visión que rompió todo«.

¿Lo miraremos de acá a unos años como una revolución? El punk, con Anarchy in the UK (1976), cumple este año medio siglo. Pero lo de Bad Bunny no tiene nada que ver: es un desafío sin underground. O mejor dicho: alguien que tocaba en discotecas suburbanas de Buenos Aires hace un par de años y ahora llena tres River. Bad Bunny es como una anomalía que saltó todas las etapas lógicas de la industria de la música.

En el perfil «The World According to Bad Bunny» de The New Yorker (2020), la periodista Carina del Valle Schorske demuestra, contra lo que uno creería, que su formación no fue el algoritmo, sino los discos que ponían sus padres. Se crió con la herencia de Héctor Lavoe e Ismael Rivera. Él mismo lo dice: «Mi meta siempre fue que la gente respetara mi música, que respetara mi país».

Es un fenómeno que se impone como se impuso la salsa en Nueva York, o como la bossa nova se coló en el Real Book del jazz. Distinto, pero con algo en común.

De empaquetar mercadería en un supermercado de Vega Baja -el mito gardeliano del artista que se hizo de abajo- a encabezar el Show de Medio Tiempo del Super Bowl XL en este 2026 junto a Lady Gaga.

Usted puede estar en River por deber filial, para ver si el fenómeno es real o para aceptar que definitivamente esto no es para usted.

Pero el trono ya no está en Londres; hoy la corona es latina.

Tiene orejas de conejo y habla español. Bienvenidos al Super Bowl en Núñez.

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