El artista visual presentó una instalación de gran escala para la muestra inaugural del Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes, una obra tejida con telas, símbolos y gestos de religiosidad popular que respira junto al espacio del museo. En diálogo con La Voz del Chaco, el creador recorrió el nacimiento y la construcción de la pieza, entendida como una síntesis de su búsqueda estética. Allí confluyen naturaleza, cultura popular y espiritualidad, territorios desde donde —sostuvo— el arte contemporáneo abre preguntas y ensancha la mirada sobre las prácticas artísticas de la región.
Por Facundo Sagardoy
El artista visual Gustavo Mendoza desplegó en el Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes una obra de gran escala que respira como un altar contemporáneo en el corazón del edificio. Devocionario se expande entre telas, objetos y signos de la religiosidad popular del litoral, una instalación que habita el espacio con la calma de los rituales y la intensidad de las fiestas devocionales. La obra se levanta como una escena abierta, donde la materialidad textil, los símbolos cotidianos y la dimensión escenográfica construyen un paisaje sensible dentro del museo.
En diálogo con LA VOZ DEL CHACO, Mendoza relató el proceso de gestación de la pieza como un camino de montaje y descubrimiento. La instalación creció en el propio lugar de exhibición, como una arquitectura de gestos que se acomodan al ritmo del espacio. Cada objeto encontró su sitio en relación con la altura del hall, la circulación de los visitantes y la respiración del edificio. Así, la obra fue tomando forma como una constelación de elementos que se ordenan en el aire del museo.
Para el artista, Devocionario reúne los territorios que atraviesan su producción: la naturaleza, la cultura popular y la espiritualidad que habita las memorias del litoral. La instalación aparece entonces como un tejido de símbolos, una trama donde se enlazan historias domésticas, celebraciones colectivas y paisajes de la región. En ese horizonte, el museo se convierte un escenario donde la mirada del público circula como un río entre imágenes, materiales y gestos que amplían la conversación del arte contemporáneo en el nordeste argentino.
— Gustavo Mendoza, un placer tenerte en La Voz del Chaco el día de hoy, artista visual, parte de la muestra fundacional, de la inaugural del Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes, con una obra muy particular, bueno, de grandes dimensiones y que es objeto de atracción permanente del público que visita el Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes. Bueno, un placer poder tenerte en este momento.
— Igualmente, gracias por la invitación.
— Bueno, ¿nos podés contar cómo surge el proyecto Devocionario? ¿Cuáles fueron las primeras intuiciones hacia esta obra?
— Es una obra muy marcada por la dimensión, obviamente, y aun así fue construirla un poco, no digo en el aire, pero sí fue como trabajar a proyecto, como a futuro. El museo estaba en plena construcción y cuando se piensa la obra, incluso el espacio era otro destinado para esa obra. Cuando el museo logra ya como estar en etapa de colgar obra, de montaje y demás, la obra fue mutando. Incluso hubo elementos que se fueron agregando a último momento, o yo fui agregando porque la verdad que la gente no iba a identificar la falta, pero en mi cabeza faltaban algunos objetos que complementen la construcción, la dinámica, el espacio. Es una obra muy espacial, muy escenográfica también. Yo vengo trabajando ya un poco ese tipo de obra, siempre lo hice, esas dimensiones. Pero encontrarme en el lugar, estar en el museo, fue como volver a visualizar la obra por completo. Hubo una instancia en que sabía que la obra iba a ocupar lugar de piso; el lugar de pared no estaba tan definido, y cuando se piensa el espacio que ocupa en este momento, se fueron corriendo los elementos y completándose con otros. También porque a mí me interesaba, pensando en esta cuestión de la magnitud del espacio del museo, que es enorme y hermoso, el hall, la visual de la gente, desde dónde lo iba a ver, cuál iba a ser la entrada, la circulación. Me parecía eso muy interesante e importante para definir el lugar y el espacio, y también teniendo en cuenta los criterios de los montajistas y curadores. Y fue ahí incluso donde la obra tiene como un fondo de muchas cintas de color rojo; el que lo haya visto como que se va a notar lo que estoy diciendo. Y eso surgió prácticamente en el momento de montaje en el museo. Fue algo que yo dije: necesito que esto tenga un fondo, un soporte visual, y me di como la tarea de colocar muchas cintas de color rojo sobre la pared. Pero fue un proceso medianamente corto, fue como esa instancia de definir qué hacer. Yo sabía más o menos el espacio, era lo que sabía, lo que me interesaba. Propuse como una temática que atraviesa un poco diferentes temáticas de mi producción, porque si uno ve la instalación, entiende que recorre como muchos temas que a mí me interesan dentro de la producción.
«La religiosidad es un hilo conductor en toda mi obra»
— Al visitarla, quienes la observan recuerdan tu muestra Páramo Artrópodo, entre otras, también de ese tapiz de grandes dimensiones que presentaste en el Teatro Vera. ¿Qué vínculos establece esta obra con investigaciones previas en torno a la religiosidad popular y las materialidades textiles, que es una característica muy notoria?
— Sí, creo que es como una pequeña síntesis de todo lo que vengo trabajando en la obra que está actualmente en el museo. Toca el tema de la naturaleza, los formatos que suelo utilizar para abordar esas temáticas; bueno, el textil, la madera, y en esta producción entró como el plástico, que yo también ya venía trabajando como en otras producciones, y me interesaba porque prácticamente era como lo veía así: era como una síntesis de todo eso que vengo desarrollando ya hace un tiempo. Y la religiosidad también es como un hilo conductor en toda mi producción, me interesa mucho. Y fue esto, como aunar temáticas y materiales y lograr como una composición que sea coherente, que dialogue con lo que me interesa, pero que también sea como un impacto visual. Me parecía que el espacio merecía que sea como en grandes dimensiones. No hubiera pensado como en una dimensión de pequeño formato en esa instancia del espacio que ocupa en el museo. Y me interesa también esta cuestión escenográfica, como te decía. Hay sí momentos en los que digo, bueno, hay que romper un poco el formato pequeño o mediano e ir como a las grandes dimensiones, y también porque a veces la obra misma exige el tamaño. Yo hago bocetos o plasmo ideas en cuadernos, y hay obras en las que digo: esta obra debería ser gigante. Y aunque la haga en un formato pequeño, la veo luchar con el formato. Es como si dijera: no, no es para este formato, tiene que ser de grandes dimensiones. Y lo bueno de la obra del museo es que nació pensando, pensándose en una obra de gran dimensión.
— ¿De qué manera dialoga Devocionario con las tradiciones simbólicas y con las devociones propias del litoral argentino? ¿Y hay un mensaje ahí muy en concreto sobre la fe y el arte?
— Sí, también hay una mirada, no digo irónica, pero sí como más descontracturada por ahí de la estructura religiosa más formal, y también porque a mí me gustan los religiosos relacionados como a lo festivo. Entonces hay como ese hilo conductor que hace que lo religioso se vuelva un poco más ameno, digamos, en algún punto, o que toque como alguna fibra más que tenga que ver con el anecdotario, con la fiesta popular. Bueno, aparece por ejemplo un inflable, un caballo inflable, y yo lo relacionaba: para mí era un guiño a estas cabalgatas por la Virgen de Itatí. Lo simbólico de la lavandina, que también aparece en la obra, y que mientras hacía el montaje la gente me preguntaba: ¿pero por qué la lavandina? O sea, ¿cómo era esa cuestión? Y yo decía: para mí es un elemento simbólico que alude a esta cuestión del lavado de las culpas, esto inmaculado de la Virgen. Entonces era llevarlo a ese espacio como también de un guiño más relajado, si se quiere. Y sí, atraviesa toda esa cuestión, y yo desde muy chico tengo como ese contacto con lo religioso muy arraigado también. Recuerdo esas fiestas donde mi abuela construía prácticamente un altar enorme en toda su habitación, y de chicos éramos parte en esa construcción, y me quedó muy marcado eso, como lo religioso relacionado a esa cuestión popular y al festejo. Sí, a esa cuestión más que a lo más serio que tiene que ver con lo religioso, o la crítica, si se quiere, a veces también con lo religioso.
— ¿Cómo fue el proceso de adaptación de la obra en el transcurso de la preparación hacia la muestra inaugural? Entonces te pregunto, ¿qué buscás con tu obra en el público, en las personas que van a ir a interactuar en específico en este entorno?
— Sí, yo creo que con este tipo de obras, con este formato tan grande, es inevitable que yo agregue o saque cosas en el momento del montaje. También por una cuestión de dimensiones. Yo, por ejemplo, vi recién terminada la obra en el lugar del montaje. O sea, fue ahí el lugar donde yo pude desplegar toda la obra y saber qué iba a ir en qué lugar. Entonces eso de trabajar un poco, si se quiere, a ciegas o por partes la obra, y lograr construir recién en el espacio mismo, también como que define ciertas cuestiones. Y siempre me pasa, y como que soy abierto a que eso pase. Si hay que editar cosas o agregar cosas, como que el espacio para mí es muy determinante en este tipo de obras. Y pasó eso: el agregar cosas, sacar cosas, moverlo. Y con respecto al público, como te decía, me parecía interesante el lugar que iba a ocupar. Yo sabía que era el hall de entrada; buscaba que sea como ese impacto visual de la primera entrada al museo. También es innegable que vivimos por ahí las experiencias a través de formatos digitales, del teléfono, de la fotografía, de sacar, no sé, del público que va con una cámara. Y la obra, no digo que sea esa su intencionalidad, pero sí tuvo en cuenta eso: que iba a ser el fondo de otras cuestiones. Que iba a ser como el fondo, ya sea del acto inaugural, iba a ser el fondo de alguna fotografía de algún turista. O sea, yo sabía que iba a ocupar ese espacio de soporte visual en muchos casos. Y me parecía interesante también; siempre me parece que está bueno pensar esas cuestiones.
El Museo de Arte Contemporáneo como punto de encuentro para la escena artística
— ¿Qué decisiones estéticas y técnicas tomás al momento de concebir una obra, en particular esta también? Que nos estás brindando, la verdad, que es muy nutritiva en relación a todo tu trabajo, para poder conocerlo en detalle. Pero ahora vamos a lo que significa para vos este día en el que además de Devocionario también se exponen obras tuyas junto a la de Luis Niveiro, junto a la de Caponcelli, junto a la de Luis Llarens, en el segundo piso y también junto a la colección del acervo fundacional del Museo de Arte Contemporáneo. ¿Qué sensaciones te produjo formar parte en ese sentido? Como un artista ya de larga trayectoria dentro del ámbito regional, en este día que fue tan importante: 3.500 personas asistiendo a ver artistas visuales el 8 de noviembre.
— Sí, la verdad que el día de la inauguración fue como un evento superador a un montón de otros eventos culturales. Me parecía estar como en esa Noche en los Museos en Buenos Aires, donde la gente hace colas y colas para entrar a los museos, y era desbordante el público. Pero no solo en el museo, en el MAC, sino que en todo el circuito de museos. Y sí, ser parte del museo era como el broche final de un recorrido. No digo que sea como el final, pero siempre el museo fue como un anhelo, charlando con Luis Niveiro, con toda la gente que estuvo poniéndole garra y pulmón al proyecto de concretar el museo. Y ser parte siempre fue como ese anhelo, como el deseo. Yo sabía que estar se podía dar de diferentes maneras, con distintos tipos de obras. O sea, surgió un poco a partir de los montajistas, los jurados, el tema de que la obra sea puntualmente hecha incluso para el museo, porque esa obra no existía antes. Yo la hice pensando en el espacio del museo, en la dimensión que tenía que ser. Fue todo como un proceso que llegó a la obra final. Y compartir con artistas que ya conozco, que siempre nos cruzamos. Algunos fueron profesores del Instituto Josefina Contte cuando cursaba. O sea, que siempre es un gusto. Y la verdad que un honor ser parte del museo. Yo creo que va a ser como un punto de referencia de la región. Me parece ahora importante que creo que es la etapa en la que tenemos que trabajar para el museo, posicionarlo, sostener esta cuestión de arte contemporáneo en el museo también, porque me parecía como ese el desafío. Digo, bueno, es el proyecto de un Museo Contemporáneo en Corrientes. Y digo, hay que sostener también ese título. Bueno, ni hablar del aporte de Luis Niveiro, de toda su colección, que es increíble. La verdad que cuando recorríamos con él, yo no podía creer la cantidad de obras y de nombres. Es decir, es la oportunidad de estar compartiendo una muestra con esta obra, de estos artistas, cosa que no se hubiera dado tal vez nunca. Creo que él facilita también ese espacio en el que podamos compartir con ese tipo de obra o con esos artistas de trayectoria nacional e internacional, con obras increíbles. Creo que es un placer para cualquiera que llegue al museo, que esté en el museo ahora o que llegue en algún momento futuro. Así que cuando me lo propusieron fue un sí: ¿cómo hacemos? Fue así, como inmediato.
«El desafío de un Museo de Arte Contemporáneo no es gustar, sino proponer»
— ¿Qué importancia significa para vos como artista? Que el Museo de Arte Contemporáneo se consolide como un punto de encuentro con el arte en el norte argentino y dentro del circuito de museos, como el Museo del Barro en Paraguay, el MACA en Uruguay, el MALBA en Buenos Aires o el MAMBA, el Museo Caraffa en Córdoba. Y desde la perspectiva de artista que también se abre a la colección privada y a las colecciones públicas, teniendo en cuenta el desarrollo de las ferias ArteCo, A364, arteBA. ¿Qué significa para vos esto?
— Yo creo que va a ser un punto neurálgico de todas esas actividades. Pero creo que vamos a estar ahora en la etapa de realmente el trabajo del museo. O sea, el edificio es increíble. El edificio está. Ahora hay que darle como esa alma de museo contemporáneo. Por eso decía: ahora nos toca sostener ese título de museo contemporáneo. Y creo que va a depender de la gestión, de las voluntades de mucha gente. Y confío también en la predisposición de todos los artistas, porque siempre me parece que está y siempre que participan está como esa cuestión de darle un lugar al lenguaje contemporáneo de nuestra provincia también. Que por ahí siempre se mira como a Buenos Aires o al exterior, como si fuera el faro de lo contemporáneo. Y creo que tenemos como muchas cualidades para transmitir lo tradicional, pero con una mirada contemporánea. Hay muchos artistas que ya tienen trayectoria y muchos artistas emergentes también en la región. Y me parece que va a ser un punto de confluencia donde todo eso emergente y todo eso que ya se viene desarrollando pueda encontrar como un escenario, y un escenario increíble en ese museo.
—Una pregunta más y agradezco muchísimo el tiempo que te estás tomando para reflexionar y darnos una respuesta cabal sobre tu percepción y tus sensaciones en torno a la presentación de la obra. Te pregunto: el arte se caracteriza por siempre poner en foco algo en particular. Bueno, en este caso un tiempo histórico y una forma de vivir. ¿Qué pensás que debe tener en cuenta el arte dentro del espacio del museo hacia la ciudad de Corrientes, hacia la ciudad de Resistencia, hacia la región y como mensaje también hacia otras partes del país y el mundo?
— Yo creo que tenemos todas las facultades para mostrar un arte contemporáneo, un arte de la región que sea lo más honesto posible. Incluso estando atentos a que pueda no gustar. Me parece que también está ese desafío del Museo de Arte Contemporáneo, donde su intencionalidad no debería ser gustar, sino proponer y estar abierto a la reflexión, tal vez al desagrado o al agrado delante de una obra. Pero me parece que ese es el desafío a partir de ahora: encontrar como esa dinámica con el público de que se sienta abierto a poder tal vez enojarse con la propuesta o disfrutarla, pero sabiendo que se está intentando generar esa apertura mental, esa apertura visual, esas propuestas por ahí diferentes. Me parece que ese es el desafío de un Museo de Arte Contemporáneo: no buscar el agrado, no ir por la comodidad y desafiar al público también, sabiendo que se retroalimenta de esa cuestión de la mirada de la gente.
— Muchas gracias, Gustavo.
— No, muchas gracias a vos.
Poética textil y metamorfosis
Gustavo Mendoza (Corrientes, 1979) desarrolla una producción artística situada en el campo del arte contemporáneo del nordeste argentino, caracterizada por la exploración material y simbólica de los imaginarios culturales de la región. Su obra se inscribe en una línea de investigación estética que articula prácticas del arte textil, la escultura blanda, el objeto y la instalación, integrando recursos provenientes de diversas tradiciones visuales. Desde sus primeras experiencias, su trabajo ha manifestado un interés sostenido por los procesos de transformación de la materia y por la dimensión ritual que atraviesa la relación entre naturaleza, cultura y representación.
Su formación artística se consolidó en instituciones de educación superior vinculadas al ámbito cultural de Corrientes. Se graduó como Especialista en Artes Visuales con orientación en pintura en el Instituto de Bellas Artes e Idiomas «Josefina Contte», posteriormente obtuvo el título de museólogo en el Instituto Superior Carmen Molina de Llano y más tarde completó la Licenciatura en Artes en la Universidad Nacional del Nordeste. Este itinerario formativo configuró una base teórica y técnica que le permitió desarrollar una práctica artística interdisciplinaria, atravesada por el estudio de la historia del arte, la museología y las técnicas contemporáneas de producción visual.
A lo largo de su trayectoria, Mendoza ha construido un lenguaje plástico singular basado en el empleo de materiales heterogéneos, entre los que se destacan textiles, bordados, maderas, metales, fibras naturales, papeles y elementos reutilizados. La manipulación de estos materiales se orienta hacia la construcción de formas orgánicas y estructuras híbridas que evocan procesos biológicos de crecimiento, mutación y metamorfosis. En este sentido, su obra propone una reflexión estética sobre la vitalidad de la materia y sobre la capacidad de los objetos para producir sentidos simbólicos en el campo artístico.
Dentro de su producción se advierte también una constante referencia a la naturaleza y al universo animal, particularmente a insectos, criaturas fantásticas y organismos en proceso de transformación. Estas figuras funcionan como metáforas visuales que remiten tanto a los ciclos de la vida como a la dimensión cultural de la naturaleza en el contexto del litoral argentino. A través de estas representaciones, el artista despliega un imaginario en el que confluyen elementos de la religiosidad popular, las tradiciones festivas y las narrativas simbólicas vinculadas al territorio.
